Director: Severin Fiala, Veronika Franz Guion: Severin Fiala, Veronika Franz Reparto: Anja Plaschg, David Scheid, Maria Hofstätter Año: 2024
Severin Fiala y Veronika Franz vienen construyendo una filmografía de horror lento y austríaco desde "Goodnight Mommy" (2014) y "The Lodge" (2019), y "The Devil's Bath" es su regreso más ambicioso temáticamente. La película toma un fenómeno histórico documentado que casi ninguna ficción ha abordado, lo enmarca dentro del catolicismo rural de la Austria del siglo XVIII, y lo entrega con la austeridad visual característica de la dupla. El problema es que la austeridad esta vez cruza la línea del rigor formal hacia el aburrimiento sostenido, y la película resulta más difícil de recomendar de lo que su premisa merecería.
En "The Devil's Bath" seguimos a Agnes (Anja Plaschg), una joven que acaba de casarse con Wolf (David Scheid) y se muda desde su pueblo natal al de su esposo, en la Austria rural del siglo XVIII. La transición no le sale bien. La vida de esposa no se parece a lo que había imaginado, su suegra (Maria Hofstätter) controla la casa con mano dura, Wolf no la busca sexualmente ni parece interesado en tener hijos con ella, y Agnes empieza a acumular una frustración que ni el catolicismo del pueblo ni la aparente indiferencia de su marido pueden contener. Poco después de su llegada empieza a fijarse en los restos ejecutados de una mujer del pueblo que fueron dejados en exhibición pública, y esa fijación va marcando la línea por la que Agnes se va deslizando durante el resto del metraje.
El sub-género en el que "The Devil's Bath" se inscribe es el del horror histórico rural, una tradición europea que va desde "The Witch" (2015) de Robert Eggers hasta piezas más recientes como "Saint Maud" (2019) de Rose Glass. Lo que Franz y Fiala añaden a esa línea es una premisa documentada que el cine casi no ha tocado, y la decisión estructural más interesante del film es que se niega a explicarla. La película nunca nombra el fenómeno histórico sobre el que está construida; lo deja operar como una presión que Agnes entiende y el espectador no, y esa asimetría es la que sostiene la incomodidad de todo el metraje. Donde Eggers y Glass externalizan el mal en una bruja o en una fe delirante, aquí el mecanismo es doctrinal y social: lo que aprieta a Agnes no es una entidad, es un pueblo, una iglesia y un conjunto de reglas sobre lo que una mujer debe ser. El film confía en que el peso histórico se sienta antes de entenderse.
Técnicamente la película es impecable. Martin Gschlacht firma una cinematografía en 4:3 que aísla a Agnes en el encuadre con una precisión pintoresca; los interiores están iluminados con luz natural o de velas, los exteriores capturan los bosques y ríos austríacos con una paleta desaturada que hace del paisaje un personaje activo. El diseño sonoro trabaja lo mismo: silencios largos, insectos, el agua del río, ocasionales cantos religiosos, casi nunca música incidental. Anja Plaschg carga la película entera con una interpretación completamente interior; Agnes casi no habla, pero cada mirada, cada gesto detenido, comunica el desmoronamiento que la trama pide. Es exactamente el tipo de trabajo actoral que un festival premia.
El problema es el ritmo. "The Devil's Bath" dura 121 minutos y fácilmente podría durar sesenta. Franz y Fiala se toman el tiempo de establecer la vida cotidiana de Agnes con una paciencia que en otros directores lee como rigor y aquí lee como redundancia: escenas similares se repiten con variaciones mínimas, la trama avanza en incrementos casi imperceptibles, y el film pierde tracción emocional mucho antes de llegar a su último acto. Para el espectador que valora el slow-cinema como forma, la película puede sostener el interés; para el que necesita algún grado de aceleración dramática, la primera hora se siente como una prueba de resistencia sin recompensa clara. Franz y Fiala habían probado en "The Lodge" (2019) que sabían dosificar la lentitud sin perder al espectador; aquí se pasan de la mano.
En el terreno estrictamente del horror, "The Devil's Bath" ofrece muy poco. La escena inicial (una mujer arrojando a un bebé desde una cascada) y la vista de sus restos ejecutados son las dos imágenes fuertes del film, y esas dos imágenes cargan casi todo el peso del género. El resto es drama de época sobre una mujer que se deteriora psicológicamente en un entorno que la asfixia, y aunque ese drama tiene méritos, no es el horror que la premisa promete ni el que Franz y Fiala habían venido cultivando. Los fanáticos del horror explícito van a sentirse defraudados; los que buscan drama de época con textura histórica sólida van a encontrar mucho más de lo que estaban buscando, sólo que sin la etiqueta que la campaña de marketing prometía.
Para el espectador que valora los debuts históricos rigurosos, las actuaciones contenidas, y la cinematografía como argumento visual, "The Devil's Bath" puede compensar sus fricciones de ritmo. Para el que llega esperando el horror austríaco que Franz y Fiala habían venido cultivando, la película va a leerse como un desvío hacia el drama de festival, hecho con oficio pero sin la tensión que sus trabajos previos habían sostenido. Yo hubiera preferido menos paisaje y más motor. Es una pieza que se admira más de lo que se disfruta, y esa distancia es lo que finalmente la ubica lejos de lo mejor del año.
Rating: 4/10
Final Explicado (Spoilers a continuación)
La película se cierra con un texto informativo sobre pantalla que explica el fenómeno histórico que hasta ese momento el film había insinuado sin nombrar. En la Europa católica del siglo XVIII, especialmente en zonas rurales de habla alemana, existió una práctica documentada llamada suicidio por poder: personas que querían morir pero creían que el suicidio directo las condenaría eternamente al infierno cometían un crimen que garantizara la pena capital, generalmente el asesinato de un niño, ya que los infantes se consideraban salvos por bautismo. Antes de la ejecución, el condenado recibía la absolución sacramental por sus pecados. Moría, en su lógica teológica, sin la mancha del suicidio. Esta es la base sobre la que toda la trama de Agnes se sostiene, y es también la explicación de la imagen inicial: la mujer que arroja al bebé por la cascada al principio del film no era una asesina indiferente, era otra mujer del mismo pueblo buscando la misma salida que Agnes va a buscar después.
El arco de Agnes es el mismo camino en formato lento. La depresión que la película documenta durante casi dos horas la lleva finalmente al mismo punto que ocupó la mujer del inicio. Agnes secuestra a un niño, lo mata, y se entrega para ser ejecutada tras recibir el perdón de la iglesia. La película le da a esta ejecución la dignidad visual que le había estado guardando; Franz y Fiala filman el evento con una compostura casi ritual, sin subrayar el horror pero sin diluirlo. Es, para lo que la película ha estado construyendo, la escena más lograda del film, y su peso viene precisamente del contexto histórico que el film mantuvo oculto hasta el final. Si el texto informativo hubiese aparecido al principio, la película se leería como historia; al aparecer al final, obliga a releer todo lo anterior.
La coda posterior a la ejecución es el elemento que se siente menos integrado. Después de que Agnes es ejecutada y sus restos quedan en exhibición pública igual que los de la mujer inicial, la película muestra a habitantes del pueblo acercándose a recolectar su sangre. La lectura que Franz y Fiala parecen proponer es que la sangre de la ejecutada era considerada una reliquia con poder curativo o protector dentro de la superstición popular, algo que el catolicismo rural toleraba a pesar de la contradicción teológica. Es un detalle históricamente plausible, pero la película no lo había preparado en ningún momento anterior, y llega como una viñeta que amplía el marco cuando la película ya había cerrado su arco emocional. El elemento folk horror que ese cierre insinúa no aparece antes ni cambia la lectura del film, así que funciona más como nota al pie que como pieza estructural.
Lo que queda al final es una película con una premisa genuinamente novedosa dentro del horror histórico contemporáneo, ejecutada con oficio técnico impecable, protagonizada por una actriz que sostiene todo el peso emocional, y hundida por decisiones de ritmo que le impiden aprovechar cualquiera de esas ventajas. Franz y Fiala saben lo que están haciendo; el problema es que esta vez lo hicieron durante demasiado tiempo. La historia real detrás del film merece la película que este no logra ser del todo, y esa distancia entre lo que la premisa promete y lo que la ejecución entrega es lo que resume "The Devil's Bath": mucho oficio, poco motor, una hora de metraje de más.

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