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sábado, 5 de septiembre de 2026

Saccharine (2026): Reseña y Final Explicado

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Director: Natalie Erika James Guion: Natalie Erika James Reparto: Midori Francis, Danielle Macdonald, Madeleine Madden, Robert Taylor, Showko Showfukutei, Octavia Barron-Martin Año: 2026

Cuando escuché de qué se trataba esta película pensé que la premisa era absurda. Adelgazar consumiendo cenizas humanas suena a chiste, y mi primera reacción fue preguntarme quién haría algo así. Después me puse a pensar en todo lo que la gente ha hecho por bajar de peso a lo largo de la historia, en la cantidad de medicamentos y sistemas y regímenes que han prometido resultados sin darlos, y en la conversación que los GLP-1 han abierto en los últimos años precisamente porque son los primeros que funcionan de verdad. Y la respuesta a mi propia pregunta cambió. Sí hay gente que se comería cenizas humanas si el resultado estuviera garantizado. Eso es lo que Natalie Erika James entendió antes que yo, y es lo que hace que "Saccharine" funcione.

En "Saccharine" seguimos a Hana (Midori Francis), una estudiante de medicina con problemas de autoestima. En un bar se encuentra con una mujer con la que había estudiado, alguien que era gordita y que ahora está irreconociblemente delgada, y que le dice que lo logró con unas pastillas. Le da dos para que compruebe cómo funcionan. Hana tiene formación científica, así que hace lo que haría cualquiera con acceso a un laboratorio: analiza una para saber de qué está hecha. El resultado es cenizas humanas. Y a partir de ahí la película deja de ser sobre una pastilla y empieza a ser sobre lo que Hana está dispuesta a hacer con esa información.

El sub-género es el body horror de estándares de belleza, que en los últimos años se ha convertido en uno de los territorios más fértiles del género. Las comparaciones obvias son "The Substance" (2024), que es la película que ha trabajado este tema con más fuerza, y "The Ugly Stepsister" (2025), que también va a los extremos a los que la gente llega para cumplir con una expectativa estética. "Saccharine" comparte con las dos la lógica de fondo: el cuerpo como proyecto que hay que corregir a cualquier costo. Lo que aporta de propio es el elemento científico y una protagonista que entiende exactamente lo que está haciendo, lo cual es bastante más incómodo que la ignorancia. Natalie Erika James viene de "Relic" (2020), donde el horror también salía del cuerpo y de lo que una familia se niega a mirar de frente, y acá sigue exactamente esa línea con un objeto de estudio distinto.

01 / 02El cuerpo como proyecto que hay que corregir a cualquier costo.

Lo mejor que hace el guion es una decisión de calibración: Hana, al principio, no es una persona obesa. Está un poco gordita, nada serio, nada que suponga un problema de salud. Y aun así es suficiente para destruirle la autoestima, porque lo que la está midiendo no es un médico sino un estándar social. Si el film hubiera arrancado con una protagonista en una situación clínica grave, la historia sería sobre salud. Al arrancar donde arranca, es sobre lo que la sociedad decidió que una mujer debe verse, y eso vuelve el resto del metraje mucho más filoso.

La otra capa que la película construye bien es la de la comida como mecanismo de escape. Hana usa la comida para procesar todo: el estrés, la ansiedad, lo que no puede resolver. Y lo que no puede resolver está en su casa. Su padre es un hombre obeso que se ha vuelto completamente sedentario, que no quiere salir, y Hana ve cómo eso está destruyendo el matrimonio de sus padres, con su madre haciendo planes para una vida que su marido ya no acompaña. Hana entiende la obesidad como un problema que va mucho más allá del peso, lo tiene delante todos los días, y sigue comiendo igual. Esa contradicción es el motor real del personaje.

02 / 02Hana usa la comida para procesar todo: el estrés, la ansiedad, lo que no puede resolver.

Donde el film flaquea es en dos puntos concretos, y los dos son de guion. El primero son un par de actuaciones que no terminan de convencer; el elenco en general está bien, pero hay momentos que se sienten fuera de tono. El segundo es más molesto: la mujer que le entrega las pastillas aparece de la nada, casualmente con el producto encima y casualmente dispuesta a compartirlo, y vuelve a aparecer más adelante de una forma que tampoco fluye. Se nota que está puesta ahí para mover la trama, y en una película que por lo demás está construida con cuidado, esa costura se ve.

El resto es muy bueno. La película me intrigó desde el primer minuto, el suspenso está bien sostenido, el guion fluye, y los efectos visuales cumplen. Robert Taylor ("Blood Vessel") aporta solidez en el entorno familiar. Y hay un detalle que agradezco: la homosexualidad de Hana está tratada como cualquier otra cosa, sin subrayarla ni convertirla en tema, exactamente como se trataría un romance heterosexual en cualquier otra película.

Los que disfrutaron "The Substance" y quieran ver la misma pregunta trabajada desde un ángulo más íntimo y menos escandaloso van a encontrar acá una película excelente. Los que necesiten un guion sin costuras visibles van a tropezar con las dos que tiene. A mí me cautivó desde el arranque y me parece de lo más interesante del año, con un final que me tomó por sorpresa y que es exactamente el que la película merecía.

Rating: 8/10


Final Explicado (Spoilers a continuación)

Después de identificar que las pastillas son cenizas humanas, Hana toma la decisión que define el film: empieza a robar partes de los cuerpos que usan en sus clases de medicina, las incinera, y consume las cenizas ella misma. Y funciona. Adelgaza mucho y rápido.

El precio aparece enseguida. Es como si el espíritu de la persona a la que pertenecían esas cenizas se le pegara, y la película elige con cuidado de quién se trata: alguien que había sido una persona obesa y que murió de cáncer. Ese espíritu la empuja a comer. Al principio no parece un problema, porque mientras Hana siga consumiendo cenizas puede comer lo que quiera sin subir de peso, y ahí está la trampa. La entidad no la castiga: le quita la única consecuencia que la contenía. El hambre crece, y crece con menos ansiedad y más fuerza cada vez.

Hana había empezado además una relación con una entrenadora. Cuando las cosas se le salen de control desaparece para lidiar con su problema sola, y más tarde vuelve a buscarla para disculparse. El romance parece reactivarse. Y entonces Hana se la come. Literalmente. La película había estado mostrando un cuadro a lo largo del metraje, y la forma en que queda el cuerpo de la entrenadora establece un paralelo directo con esa imagen; es un cierre visual preparado desde mucho antes.

Lo importante es de quién es la culpa, y ahí la película es más lista de lo que parece. La entidad no es el problema. La entidad exacerbó el problema y obligó a Hana a verlo, pero el problema ya estaba: comer de forma descontrolada para no enfrentar lo que le pasaba. Hana buscó una solución rápida al síntoma, el peso, y nunca tocó la raíz, que era por qué comía así. Eligió la pastilla en lugar de la pregunta.

Por eso el final es el que la película merecía. No es un castigo sobrenatural, es la consecuencia lógica de haber dejado crecer algo sin atenderlo, hasta que las consecuencias se vuelven fatales. La entidad, al final, no es del todo culpable.

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