Director: Kane Parsons Guion: Will Soodik y Kane Parsons Reparto: Chiwetel Ejiofor, Renate Reinsve, Finn Bennett, Lukita Maxwell Año: 2026
Los Backrooms empezaron como un creepypasta y se fueron cimentando en internet a través de los años — primero como imagen viral, después como los videos de Kane Parsons (Kane Pixels), que le dieron a la mitología su identidad visual definitiva, y más recientemente como una constelación de juegos y experiencias interactivas que ampliaron la idea de un espacio que se extiende infinitamente y que no debería existir. Pocos mitos de horror han recorrido tanto camino desde el foro hasta la pantalla grande sin perder lo que los hizo funcionar. "Backrooms" es la película que cierra ese círculo, y lo hace con la ambición de convertir el fenómeno internet-nativo en cine de horror de autor.
En "Backrooms" seguimos a Clark (Chiwetel Ejiofor; "12 Years a Slave"), dueño de una tienda de muebles que empieza a notar cosas extrañas en su local — hasta que descubre que una de las paredes no es del todo sólida. Al atravesarla llega a un espacio inmenso con estética de oficina abandonada o de almacén interminable lleno de objetos que se parecen a los del mundo real pero están ligeramente mal: los tamaños no cuadran, la disposición es rara, la lógica está un grado desviada. Clark se obsesiona. Empieza a entrar de forma habitual, intenta mapear el lugar, busca a alguien que le crea. Su psicóloga Mary (Renate Reinsve; "The Worst Person in the World"), que lo lleva viendo desde su divorcio, se convierte en la única persona a la que se atreve a contárselo.
Lo primero que hay que decir sobre "Backrooms" es que es cine de horror psicológico disfrazado de horror de espacios liminales. La estética funciona — el fluorescente, los pasillos infinitos, el eco imposible de identificar — pero el motor real de la película está más cerca de "The Shining" que de un walking simulator en primera persona, como lo fueron algunos de los juegos que expandieron en la idea central de este mito. El espacio no es amenaza; es proyección. Y esa distinción es lo que separa a Kane Parsons del ejército de cortometrajes y fanfilms que llevan años dándole vueltas al mismo material.
El apartado visual carga con una responsabilidad que la película se toma en serio. Cada corredor está compuesto con simbolismo: repeticiones de la tienda de Clark, ecos de espacios de su casa, fragmentos de la vida que dejó atrás. Los Backrooms se sienten familiares porque están hechos de recuerdos suyos que él ni siquiera está mirando de frente. El diseño de sonido es lo que lo cierra: nunca sabes de dónde viene un ruido, si es una amenaza acercándose o el sonido de fondo de una máquina, si te estás alejando del peligro o adentrando en él. En un espacio que estéticamente debería ser lo contrario de claustrofóbico — enorme, iluminado, vacío — la película consigue sensaciones de claustrofobia constantes.
La lógica interna del lugar es lo que más eleva la película. Los Backrooms no son iguales para todos los que entran; se adaptan al historial de cada persona; a sus recuerdos. Criaturas que solo aparecen para ciertos visitantes, manifestaciones que reaccionan distinto dependiendo de quién está delante, espacios que se reconfiguran según los miedos privados de quien pisa el pasillo. Esa mecánica le permite a Parsons construir una película que es a la vez horror puro y estudio de personaje — porque cada cosa que Clark ve en los Backrooms nos está diciendo algo específico sobre Clark, no sobre el espacio.
Las escenas de horror funcionan a pesar de que la premisa se presta más al slow burn. Hay jumpscares — bien construidos, ganados a través de la combinación de visuales y sonido y no como parche fácil — y hay momentos de violencia contenidos pero efectivos. Pero lo más incómodo de la película no son los sustos: es la sensación permanente de que hay algo mal en el espacio, y esa incomodidad es lo que sostiene la tensión durante todo el metraje sin necesidad de adentrarse en la violencia gratuita o el gore.
Ejiofor carga con casi toda la película sobre sus hombros y no se rompe en ningún momento. Su curiosidad, su frustración con el mundo exterior, la agresividad que arrastra desde el divorcio, y la fascinación que empieza a rozar la adicción con el lugar — todo se lee en su cara y en su cuerpo sin que tenga que explicárnoslo. Es exactamente el tipo de actuación que una película de horror de autor necesita para sostener el peso simbólico que carga.
Vale mencionar que "Backrooms" deja fuera muchos elementos que se volvieron canónicos del mito en internet, y el final de la historia queda deliberadamente abierto — señales claras de que Parsons está flirteando con una o varias secuelas. La decisión es coherente: pretender abarcar todo el universo internet-nativo en una sola película habría diluido lo que tiene de específico, y dejar la puerta abierta le permite volver a este espacio cuando tenga algo nuevo que decir sobre él.
Los fanáticos del horror psicológico y del liminal space horror van a encontrar aquí la mejor traducción cinematográfica del mito hasta la fecha. Los que llegan buscando horror explícito o slasher se van a quedar con la sensación de que la película se movió por otro carril — pero es un carril que sabe exactamente hacia dónde va, y que rara vez el cine de horror comercial se atreve a recorrer.
Rating: 9/10
Final Explicado (Spoilers a continuación)
Lo que la película establece con claridad en su último tramo es que los Backrooms nunca fueron un lugar; son la topografía de una psique — no la de una persona genérica que atraviesa la pared, sino la de la persona específica que la atraviesa. Kane Parsons toma la mitología nativa de internet — los pasillos infinitos, la luz fluorescente, la sensación de haber estado aquí antes sin recordar cuándo — y la reconfigura en algo mucho más incómodo que un espacio maldito: la convierte en el mapa de lo que uno no quiere mirar de sí mismo; la confrontación de sus recuerdos y miedos más personales y recónditos. Cada objeto ligeramente fuera de sitio es un recuerdo que la persona reprimió. Cada corredor que no lleva a ningún lado es una conversación que la persona nunca terminó. El horror del liminal space se convierte en horror psicológico literal, y esa traducción es la contribución específica de la película al canon.
La entidad que persigue a Clark no es una amenaza externa; es la parte de él que ha estado negando toda la vida adulta. La ira que descargó sobre su esposa, la agresividad que le costó su matrimonio, la incapacidad de aceptar que él era el problema — todo eso toma forma física en un lugar donde no puede desviar la mirada. Pero la película se niega a hacer que esa lectura sea moralmente sencilla. La entidad (El Capitán Clark), cuando la vemos de cerca, no es solo el Clark violento. Tiene destellos del otro Clark, el que está pidiendo ayuda pero no sabe como hacerlo, el que sabe que algo está roto en él pero no puede articularlo. Los Backrooms no lo castigan por ser un monstruo — le devuelven la imagen completa de lo que es, incluyendo la parte de él que quiere salir de eso. Es la lectura más humana de lo que en manos menos cuidadas habría sido un final de venganza cósmica.
La psicóloga es el personaje que hace que todo lo demás tenga peso. Durante toda la película Clark ha estado buscando en ella una validación que ella nunca le va a dar; ella ha estado tratando de llevarlo, con la paciencia que ese trabajo exige, a la única conclusión que él tiene que alcanzar por sí mismo — que la responsabilidad por lo que pasó con su matrimonio es suya. Los Backrooms terminan haciendo su trabajo por vía traumática, literalizando lo que la terapia habría requerido años en construir. La cruel elegancia del cierre está en eso: Clark llega al mismo punto que ella le señalaba desde el principio, solo que ahora lo alcanzó siendo perseguido por una versión monstruosa de sí mismo a través de corredores infinitos y la consecuencia de no haberlo afrontado a tiempo es fatal. La verdad no cambió; solo cambió el precio que tuvo que pagar para escucharla.

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