Director: Sébastien Vaniček Guion: Sébastien Vaniček y Florent Bernard Reparto: Souheila Yacoub, Hunter Doohan, Tandi Wright, Erroll Shand Año: 2026
Pocas franquicias del horror han logrado envejecer tan bien como Evil Dead. Sam Raimi lanzó la original en 1981 con un presupuesto miserable y una ambición desmedida, y luego tomó una decisión inesperada con "Evil Dead II" y "Army of Darkness" — llevar la saga hacia una comedia grotesca y física que la convirtió en un objeto de culto absoluto. Décadas después, el remake de 2013 dio un giro completo hacia el horror puro, oscuro y sangriento, un tono que "Evil Dead Rise" del 2023 confirmó como la nueva línea editorial de la franquicia. Ahora llega "Evil Dead Burn", dirigida por Sébastien Vaniček — el francés detrás de "Infested", personalmente elegido por Raimi tras ver ese debut — con Raimi como productor y con la responsabilidad de mantener viva una de las franquicias más queridas del cine de horror moderno.
En "Evil Dead Burn" seguimos a dos hermanos y sus parejas, que están pasando una noche en una discoteca cuando estalla una discusión entre uno de ellos y su esposa. Él sale del lugar molesto y en la carretera es interceptado por una mujer extraña que aparece caminando en medio de la nada — una figura que viene, según sugiere el film, de sucesos que quedaron abiertos en la entrega anterior. El choque no es un accidente, sino que fue premeditado por la mujer. Poco después, el resto de la familia se reúne en la casa de los padres del fallecido para procesar la pérdida, y allí es donde el film desata su verdadera materia: un demonio que se filtra entre los miembros de la familia, un objeto ancestral guardado en la casa que el abuelo había obtenido para combatir a estas entidades, y la clase de escalada sanguinaria a la que la franquicia ha acostumbrado a su público desde el remake del 2013.
Lo primero que hay que reconocer de "Evil Dead Burn" es su factura visual. Vaniček trae desde "Infested" una preferencia por los planos cerrados que aquí explota con inteligencia: la cámara se pega a los rostros, a las manos, a los objetos, con una insistencia que produce una incomodidad casi física. Es una decisión estética muy diferente a la de Cronin en "Evil Dead Rise", que operaba con encuadres más amplios y arquitectónicos; Vaniček opta por lo claustrofóbico, y esa elección le da al film una identidad propia dentro de la trilogía moderna, sin sacrificar las características que le hacen reconocible. Los efectos prácticos, como es costumbre en la franquicia desde el 2013, son excelentes — hay imágenes que duelen ver, y esa es exactamente la meta.
La actuación que sostiene la película es la de Erroll Shand como Edgar, el padre del fallecido, en su transición hacia la posesión completa. Desde su primer plano cargado en la funeraria hay una intención muy clara del actor de comunicar que este personaje va a ser el vehículo principal del horror que está por venir, y la construcción funciona: cuando llega la manifestación total, el trabajo previo hace que la explosión se sienta ganada, no arbitraria. También hay una abuela que sirve como alivio cómico y como conductor de algunas de las imágenes más memorables del film — un rol pequeño pero utilizado con una precisión que lo hace sentir mucho más grande de lo que es.
Donde "Evil Dead Burn" flaquea es en el guion. La trama es sencilla — deliberadamente sencilla, y en principio eso no es un problema para una franquicia cuya meta desde el remake del 2013 ha sido operar como una máquina de impacto físico y visual. Pero el film intenta añadir una capa temática sobre la violencia doméstica dentro de la pareja del hermano que muere, y esa capa nunca aterriza. Se menciona, se sugiere, pero no se desarrolla lo suficiente como para que aporte algo al conjunto; termina siendo un elemento que la película podría haber omitido sin perder nada. Al comparar con "Evil Dead Rise", donde el conflicto materno-filial estaba tejido en cada escena de la posesión, la diferencia se nota: aquí el tema está pegado, no incorporado. Y en cuanto al gore, aunque el nivel sigue siendo alto, es probablemente la entrada menos impactante de las tres modernas — el remake del 2013 y "Evil Dead Rise" llegaron a imágenes que se quedan pegadas, y "Evil Dead Burn" no alcanza del todo esa memoria retiniana. O quizas es que ya para la tercera entrega estemos insensibilizados y sabemos lo que esperar.
Los fanáticos de la franquicia — quienes disfrutaron del remake de 2013 y de "Evil Dead Rise" van a encontrar aquí una continuación digna, entretenida, y visualmente confiada, que se paga sola con la entrada al cine. Los que exigen que cada entrada de una franquicia aporte algo nuevo probablemente van a sentir que Vaniček todavía está calentando motores, ejecutando el sistema en lugar de expandirlo. Vale la pena verla en el cine, con la sala oscura y el sonido a todo volumen — es una película construida específicamente para esa experiencia y pierde bastante fuera de ella. Y hay que quedarse hasta el final: las dos escenas post-créditos son importantes, especialmente la última, que abre la puerta a lo que viene.
Rating: 8/10
Final Explicado (Spoilers a continuación)
La mujer que provoca el accidente al principio de "Evil Dead Burn" es Jessica, la protagonista de "Evil Dead Rise" — o más precisamente, lo que quedó de ella después de que la posesión de aquella película la utilizara como huésped final. El demonio siguió operando a través de su cuerpo, y "Burn" abre continuando exactamente ese hilo, con Jessica saliendo del lago donde terminó "Rise" para ir a buscar su próximo objetivo. Es un puente narrativo directo con la entrega anterior que la película deja sembrado sin subrayarlo demasiado — quienes vieron "Rise" van a reconocerla inmediatamente; quienes no, la leen como la primera víctima demoníaca de esta nueva historia. Su objetivo específico es la familia, y la razón se revela en el segundo acto: el abuelo de los hermanos había pasado buena parte de su vida investigando el Necronomicón y las formas de detener las posesiones que este libro puede desencadenar. Como resultado de esa investigación había obtenido una daga capaz de destruir a los demonios, y esa daga se encuentra en su casa. El demonio quiere destruirla antes de que la familia pueda usarla, y para lograrlo necesita meterse dentro de la casa a través de un cuerpo humano. El primer huésped es el hermano que muere en el accidente; el demonio salta de él al padre justo antes de que el cuerpo sea cremado en la funeraria, y una vez la familia se reúne en la casa para procesar el duelo, el terreno queda listo para la manifestación completa.
El desenlace de la película sí utiliza la daga y sí utiliza a la abuela como pieza importante del cierre, pero el final se guarda una última carta: la película termina abierta hacia otra secuela, algo que se ha vuelto costumbre en la franquicia moderna desde "Evil Dead Rise". Y "Burn" añade dos escenas post-créditos que valen la pena. La primera, a mitad de créditos, trae de regreso al personaje de la madre que apareció en la entrega anterior — un puente narrativo directo con "Evil Dead Rise" que confirma que la trilogía moderna está siendo tratada como un universo interconectado y no como entregas independientes. La segunda, al final de los créditos, es la que abre la puerta explícitamente a la próxima entrega, dejando claro que el ciclo de posesiones no termina aquí y que el demonio ha completado, en cierta medida, su objetivo. Es un cierre que satisface a los fans de la continuidad y que le indica al espectador que la línea Vaniček-Cronin bajo la producción de Raimi está pensada como algo más grande que una simple secuela más de la franquicia.

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